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jueves, 4 de octubre de 2007

¿No vieron Las Chircas...?

por María Noel Leindekar

Argentina es uno de los países más ricos en diversidad de paisajes, repleto de accidentes geográficos dignos de destacarse, situados a muy poca distancia unos de otros.

Nuestro primer viaje al norte argentino había surgido por varios motivos, unos más espirituales y otros mas… estee… emm… resumibles en buscar cactus. Y como bien sabe el adicto a los cactus, los debe buscar en zonas montañosas, polvorientas, secas, rocosas, accidentadas, ásperas y escabrosas, sin faltarle ninguno de estos requisitos. Argentina tiene kilómetros y kilómetros cuadrados de zonas que cubren este perfil, especialmente en el norte. Y el viaje que teníamos planeado, cubría una vasta zona de Salta y Jujuy repleta de esta tipología de paisajes. Y allí nos fuimos.

Y volvimos incrédulamente a creer, como lo hicimos en Alijilán en Catamarca, en las denominadas Rutas Nacionales.

Después de varios sucesos accidentales en varias provincias argentinas, veníamos experientes para emparchar y afrontar cualquier contingencia que se presentara…

Pero esta se llevó todos los premios.
El premio gordo.
El premio de los premios.
Uno filosofa, a la distancia en el tiempo, sobre lo inconscientes que son los jóvenes y sobre todo que crean que nada les va suceder.
Y nosotros éramos jóvenes. Muy jóvenes.
Y muy inconcientes.

Pero, como siempre, el Oh Dios Clemente de Todas Plantas Suculentas Especialmente los Cactus, guiaba los pasos de Gustavo. Y de rebote a mí, su acompañante. Loado sea.

Estábamos visitando Tílcara, un antiguo asentamiento indígena muy pintoresco, hoy pueblo turístico, ubicado en una elevación del valle de la Quebrada de Humahuaca, en Jujuy. Construcciones coloniales con faroles, mezcladas con casas de paredes pétreas o de tierra, se desarrollaban por callejuelas pedregosas en pendiente. El pueblo visto desde la carretera, estaba custodiado por un colosal ejército de cardones milenarios, de varios metros de altura.
Un paisaje impresionante.

Dimos unas vueltas por una zona reconstruida en parte, y en otra con construcciones que se habían mantenido, las cuales estaban techadas de madera de cardón (…..), que se habían utilizado desde hacía cientos de años y seguían en excelente estado; el pucará, un cementerio vernáculo; museos, paseos naturales, etc. La simbiosis con los cactus se veía en los instrumentos musicales, en sus comidas, sus tapices y hasta en sus souvenirs.
Visitamos el Jardín Botánico de las Alturas, sueño dorado de todo coleccionista como la gente. Allí vimos, con asombro, varios ejemplares de los que si bien Gustavo, tenía idea de su existencia, no pensaba encontrar allí. Con picardía, pensamos, que podrían encontrarse en zonas circundantes (en un radio de cientos de kilómetros), por lo que juntamos los petates y nos fuimos a investigar.
Acá es donde comienza a jugar nuevamente su papel, el mapa maldito.
Hicimos una marcha atrás, hasta Purmamarca, pasando por el Trópico de Capricornio en Huacalera, a la friolera altura de 2642 metros sobre el nivel del mar.
Y subiendo.

En Purmamarca, apreciamos el policromo Cerro de los Siete Colores que contrastaba inmóvil con la carrera de nubes algodonosas que surcaban el cielo. Allí existe una ruta que une ese poblado, con dos pasos hacia Chile.

El trayecto es simple, después de pasar por la Quebrada del Mal Paso (sin reirse, que está impecable), después de pasar unos cuantos kilómetros, minas abandonadas, caminos serpenteantes que ascendían y descendían por laderas de montañas infinitas, aparece una bifurcación que, al norte lleva a un paso a Chile y al sur, desemboca en San Antonio de los Cobres (otro paso a Chile), el que a su vez, posee una carretera que se comunica con Salta, muy conocida por cruzarse con el conocido Tren de las Nubes.

No pretendíamos ir a Chile, ni alejarnos más del retorno. Ya estábamos extrañando el hogar. Así que nuestro destino esa noche sería San Antonio de los Cobres y al día siguiente, volver a Salta. La embustera Ruta Nacional en cuestión, es la que bordea lo que se denomina las Grandes Salinas, y es la que nos timó desde el mapa.

Estábamos a unos 2640 mts sobre el nivel del mar, e íbamos hacia los 3775. El más agradecido por el paseíto era el auto, que en cada re-repecho (sí repecho al cuadrado), había que hacer un curso para escalara cuesta arriba, rezando que no fueran a fallar los frenos.
Pasamos la Quebrada del Mal paso y llegamos, temprano en la tarde, a tomar esa bifurcación al sur, hacia San Antonio de los Cobres.

El viaje a esas alturas, después de ver panoramas que dejaban sin aliento, no era muy inspirador. Kilómetros a la derecha y a la izquierda del auto de un terreno árido, blanquecino, con poca o casi ninguna vegetación. Los pocos arbustos existentes que se veían estaban resecos, marchitos, ajados, gris amarronados…
Sólo queríamos salir rápido de ahí.
Ley de Noel: “Si uno está urgido para que algo feo pase rápido, acontecerá algo que inevitablemente lo enlentezca, y además, lo haga insoportable”.
Y las horas iban pasando.
Y los kilómetros.

Allá a lo lejos nos acompañaba, en todo alrededor, como una
sombra permanente, una muralla montañosa, azul grisácea, que se iba tomando tonos cada vez más oscuros, a medida de pasaba la tarde.
Parecía mirarnos.
Y nuevamente volvíamos a apreciar, que el sol se las toma antes, cuando una montaña se interpone entre él y estos humildes observadores.
Con las sombras de la tarde, escondido detrás de esos arbustejos, mientras pasábamos, nos echaba un vistazo alguna que otra vicuña.

Otra serie de bichos que examinaba nuestra marcha, con un brillo perverso y severo en la mirada, eran las lechuzas y los búhos, que giraban la cabeza enfocándonos. En una rápida y sugestionada lectura sobre la intención de su mirada, nos decía: “Chicos, se viene la noche, y falta una enormidad para que lleguen…. “
Malditos.

Y la carretera, de un pedregullo blanquecino, se comenzaba a mezclar con la banquina salada color ceniza, a la luz de los focos del auto.
Todo era un GRAN negro alrededor, salvo por una o dos estáticas pequeñitas luces, que trataban de horadar la negrura hacia nosotros, y que, sin lugar a dudas, estaban a mucha, mucha distancia, para cualquier emergencia.
La cosa continuó complicándose.

Gustavo, en la disyuntiva entre apretar el acelerador hasta agujerear el suelo del auto, para llegar lo antes posible, o tener cuidado de no terminar con las ruedas para arriba, optó por precaución, bajar la velocidad, porque la cosa no estaba tan nítida en la ruta.
Cada vez más despacio.
Carretera y banquina eran casi lo mismo.
Y más despacio.
20 kilómetros por hora, a lo sumo.
Algo estaba fallando.
Al auto le costaba avanzar. Se oía el esfuerzo del motor, pero casi no se movía.
Brrrmmm….mmmmm…. (motor)
Aggggghhhhh!!!!....
El auto se había empantanado en arena.


…(Silencios para que se pueda percibir el clima que había dentro del auto) (Que se cortaba con cuchillo.)
Primero, salimos a mirar. Y nos miramos.
Estábamos solos, como astronautas en el espacio.

La cosa estaba complicada. Estaba metido hasta la mitad de las ruedas. Eso no era lo peor. Lo peor era que no sabíamos cuántos metros para atrás del camino, era arena. Así que por más que intentáramos empujarlo...
Hicimos unos pozos, detrás de las cubiertas, pusimos las alfombras de goma debajo, lo más que pudimos meterlas, a ver si lo podíamos sacar.
Imposible.
Cada vez era peor. Y peor.
Además, pese a que todo el paisaje se sintiera endemoniadamente chato, era una chatura a 3.000 metros de altura, y los que vivimos usualmente a nivel del mar, esas cotas tienen la particularidad de desinflarnos los pulmones por cualquier cosa. Hasta por respirar.
Esto se agudizaba, especialmente cuando se trata de empujar un auto de 1000 kilos, enterrado en arena hasta el caracú.

Entre toses, a Gustavo le afloró la tanada.
Despotricó contra el auto, la carretera, el cielo, las lechuzas, y todo lo que podía ser despotricable. (Menos los cactus)
No sabíamos que hacer. Todo lo que nos rodeaba era tiniebla total. Dedos de niebla, reptaban por adelante del haz de luces del auto. No había luna ni estrellas, ni siquiera un bichito de luz. Eran como las 9 de la noche, y estábamos en el medio de la nada. Yo ya estaba pensando en armar una especie de camping dentro del auto y cenar unas galletitas y mañana sería otro día.

Pero el Augusto y Beatífico Dios Todopoderoso de los Peyotes y los Asientos de Suegra, nos mandó su auxilio.
A lo lejos se empezaron a ver un par de lucecitas que lentamente se iban acercando a nosotros. Gustavo empezó a hacer señas con una linterna esperando que nos vieran.
No sabíamos si estábamos dentro de la carretera o lejos.
Después de unos minutos, a unos 50 metros del auto (ahí estaba la carretera), paró un camión de transporte enorme, del que bajaron tres hombres con acento chileno.

¿Qué les pasó? – preguntaron asombrados -
No sé. Se nos empantanó el auto. – dijo Gustavo, tratando de que alguna partícula de oxígeno se incorporara en la pared de sus pulmones.
Pero, ¿no vieron las chircas? – dijo uno, con tonito sagaz.
¿Las qué? – Las chircas de allá atrás – dijo otro, señalando a unas 3 ramitas de 20 cm recostadas en el suelo de la carretera, que se veían a contraluz.
¿…? – pronunció Gustavo – Están para marcar que ese camino no se puede tomar. Se vé que era un camino viejo y no se usó más, pero como la gente lo sigue tomando, se pusieron las chircas.-
Chircas… - balbuceó pensativo Gustavo.

Nuestro chofer estrella, se tomó unos segundos de rápida indignación, para acallar el
demonio que aullaba en su interior, y que ya estaba a la altura de las cuerdas vocales, tratando de emitir su cólera, pero que el cansancio ya no le permitía expresar.
A lo hecho, pecho.

Como un equipo de niños exploradores, entre todos, sacamos el auto, arrastrándolo 50 o 60 metros, hasta la carretera, antes de las chircas.
Ya, curados de espanto, y sin ganas de sentirnos más solos, quedamos en seguirlos hasta San Antonio de los Cobres, donde el camión pasaría hasta Chile con su carga.
Los seguimos, como pollitos a la gallina, por un par de horas, hasta que llegamos y con profundísimo e infinito agradecimiento, nos despedimos.

En los pueblos fronterizos entre Argentina y Chile, es común que la policía o gendarmería te pare y pida que pases por el puesto de migración para hacer el papeleo.
Lo que obviamente nos sucedió. Le explicamos al hombre, que éramos uruguayos y que los trámites de migración ya los habíamos hecho hacía rato, del otro lado del país, pero no quedó muy convencido.

Aprovechamos a pedirle información de un hotel, donde pasar la noche.
¿Hotel? – nos dijo con cara de asombro - Acá no hay hoteles. Solamente la Posada de los Andes de la señora María – (Ahhhh bueno….., pensamos atónitos. Lo que nos faltaba.) –
¿Dónde queda? ¿Lejos?- Nononono, está a unas 3 cuadras derechito. Van a ver un cartel. - nos explicó.
Y allí nos dirigimos.

Acá comienza otro capítulo de las andanzas del Quijote de los Cactus y su fiel seguidora Noel (y que a nadie se le ocurra nombrar a Sancho Panza).
Entiendan. Era de muy de noche y no había para elegir.

La Dueña de Posada nos recibió con muchísima amabilidad. Orgullosa nos llevó a recorrer las instalaciones, mostrándonos esto y aquello. Comprendimos lo lejísimo que habíamos llegado al opuesto tipo de vida que llevábamos en Montevideo.

La Posada era una serie de cuartos individuales, techados con chapas y quincho reforzados con piedras por encima. Un laberinto de pasillos de tierra, al aire libre, oficiaban de circulación interna. El baño era único para todas las habitaciones. La pared estaba pintada de verde, hasta el metro de altura. Un amasijo de años de descascaramientos, junto a una enfermedad infecciosa de humedad, dejaron al pobre baño en estado calamitoso. El portacepillo de dientes, oficiaba de portarrollo. Y el piso: Portland lustrado.

En el cuarto, disponíamos de dos camas tendidas con unas 6 o 7 frazadas de colores, texturas y espesores diferentes cada una, y una silla. Las únicas ventanas de 40 cm x 40 cm que tenía cada cuarto, era toda el espacio por donde podía pasar la luz.
Preguntamos dónde podíamos cenar.
Adivinen.
No había un solo lugar en el pueblo. Solamente en la Posada, Doña María preparaba y servía la cena en la habitación comedor.

Era una señora viuda, encantadora, con un espíritu indestructible, que se ocupaba de cocinar, limpiar, tender las camas, hacer las compras, servir, barrer, recepcionar los huéspedes, cobrarles, hacer el marketing promocional y a veces se acordaba de dormir.

El comedor era uno más de los incontables cuartos, que contaba con una gran mesa, sillas y una cocina de hierro económica, que iba recibiendo vuelta y vuelta unos churrascos de carne, que lucían y olían como los dioses.

Doña María, mientras atendía la carne, cortaba tomates y charlaba con un huésped. Él, era Ingeniero y viajaba regularmente entre ambos países por asuntos de su profesión. Intercambiamos anécdotas sobre lugares, accidentes, y se asombró al contarle lo que hacíamos por esos pagos.

Hasta firmamos en el enorme libro de Huéspedes, que Doña María lucía orgullosa por la gran variedad de nacionalidades de gente que la había visitado. Y de verdad, cerca de San Antonio de los Cobres, está uno de los picos más altos de Argentina, de unos 6.500 metros de altura, que convocaba a escaladores y alpinistas de todo el mundo.

Esa noche se nos partía la cabeza de dolor, que sería por la presión de la altura en la que andábamos. El detalle que faltaba.

Finalmente llegó el día siguiente y felices de poder contar el cuento, salimos rajando hacia Salta, anhelando un poco de civilización ¡Por FAVOOR!

Behind The Web

Todas las fotos presentadas en este blog son de mi autoría, y en caso de no serlo figura a quien corresponde la misma, contando por supuesto con su autorización.

La mayoría de las fotos son de plantas cultivadas por mi desde semillas o pequeños gajos, y las fotos de plantas en sus respectivos hábitats son fotos tomadas en innumerables viajes por todo el Uruguay y zonas limítrofes de Argentina y Brasil.

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