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jueves, 4 de octubre de 2007

Ruta Nacional a Alijilán

por María Noel Leindekar


El primer viaje a Argentina en búsqueda de cactus, fue una verdadera odisea. O una aventura compuesta de varias “odiseítas”. Por suerte era una época en donde la escasez económica no imperaba todavía y ciertos accidentes podían ser afrontados sin angustia.
Y así, nos fuimos al norte argentino en el auto de mi suegra, rumbo a las cumbres de la cordillera andina, un Fiat Uno 990 cc, con el que sufrimos (Gustavo, el auto y yo) de la complejidad del relieve de la República Argentina.

Ya saliendo de Santa Fé rumbo a Córdoba, (donde realmente comenzaba el viaje, pues comenzaban los paisajes), la caja de cambios del auto se rompió. No parecía una rotura drástica. No se podía poner 1era. y 2da…
Después de dos horripilantes horas de idas y venidas buscando un mecánico que nos diera un diagnóstico, encontramos uno que nos sentenció primero a ABRIR la caja, para luego ver qué le pasaba, a un costo primario de doscientos dólares en primera instancia. Era viernes y no creía que hasta el lunes pudiera tener solucionado el problema. Con Gustavo nos miramos y decidimos dar una vuelta para pensar sensatamente qué hacer. Volveríamos, cualquier cosa, prometimos. Salimos despavoridos. Nos sentamos en el auto en silencio. La cosa era simple, o nos íbamos de vuelta a Paysandú o continuábamos hasta Córdoba derechito y allí tratábamos de arreglar el auto. Nos decidió el no echar para atrás un viaje muy programado, con licencias prefijadas y un sinnúmero de factores que nos posibilitaron el viaje.

Y así, a duras penas, saliendo en tercera, tomamos una autopista rumbo a Córdoba.
Gustavo tiene en lo que respecta a los cactus, un Dios aparte. Vaya a saber el Dios Cactus qué negocio tramó, que a los pocos kilómetros la caja de cambios se arregló. Se nos abrió el cielo… por poco tiempo.

Allá por las 2 o 3 de la tarde, llegamos a San Fernando del Valle de Catamarca y unos kilómetros después, comenzaba el tan esperado ascenso por la Cuesta de Portezuelo. Y como dice la canción, viendo desde las alturas“un pueblito aquí y otro más allá”, íbamos subiendo por un sinuosísimo y muy delgado camino de piedra (o ripio como ellos le dicen), que a un lado lo franqueaba un murallón de muchos metros de altura hacia arriba, y hacia el otro, la continuación del parapeto hacia abajo. Cada tanto nos cruzábamos con camiones de obreros que venían desde arriba, corrigiendo algún desmoronamiento proveniente de esas paredes que bordeaban el caminito. Carteles de “Prohibido tocar bocina” o “repecho abrupto” ilustraban la peligrosidad del trayecto. Cada tanto realizábamos paradas de rastrilleo de cactus o paradas fotográficas, donde comprobábamos lo chiquito que se veían esos camiones con los que nos cruzamos minutos antes, desde arriba. Y así entre paradas peligrosas sobre desfiladeros resbaladizos y esquivando una langosta que se nos metió en el auto, que emitía el sonido de la sirena de un barco, fuimos llegando a la cumbre de la Cuesta de Portezuelo.



La idea, revisando un gran mapa de colores y rayitas, era no bajar nuevamente, sino continuar por una Ruta Nacional que pasaba por Alijilán y se empalmaba en la ruta que lleva a Salta y Jujuy. Así, el Explorador de cactus tendría la oportunidad de buscar “Argentina adentro” algún ejemplar nuevo.

Llegamos a la cumbre. Un paisaje muy similar, suponemos, a las montañas escocesas. Las nubes moviéndose cansinamente hacia el vacío. Ovejas y cabras que no te pierden de vista. Vegetación achaparrada gris y marrón. Un viento tenaz, que ululaba por las rocas llenas de líquenes, insistentemente.
Bueno, habíamos llegado, y ya nos queríamos ir. Una cosa es la Cuesta de Portezuelo, y otra en la Cumbre de la Cuesta de Portezuelo. Ya arriba comenzaron las disyuntivas ruteriles. Un camino que se dividía en dos… sin cartel. El paisano que pasaría por allí ese día, pasó para que le pudiésemos preguntar. Un enviado del Gran Dios de los Cactus, obviamente.
- Jefe, ¿este camino nos lleva a Alijilán?- gritó Gustavo entre el silbido del viento y la neblina densa.
- Correto. Ese camino es la Ruta Nacional que llega a Alijilán – Contestó amablemente el lugareño, muy intrigado (después lo íbamos a saber) porqué cornos nos podría interesar ir por Alijilán.

En ese punto se inicia un descenso (o mejor dicho caída) hacia la llanura, pero sin una oportuna 4 x 4 y ni siquiera una mula, que dicen que es muy útil en casos de terrenos “altamente escarpados y con pendiente superior a 45º”. Comenzó, como muestra, con badenes donde el camino se deprimía bajo el terreno, para dejar pasar por encima el cauce de un riachuelo de unos cuantos metros de ancho. Nuestra experiencia en calcular medidas, que habíamos adquirido en la Facultad de Arquitectura, no nos permitió evaluar qué profundidad tenía, ni si había piedras, ni si faltaban partes, ni si habitaba holgadamente una tonina bajo el cauce. Ya estábamos en el baile. A lo hecho, pecho. Y el auto allá iba. Plonk, clanck, pluff, plaff, clonk… Una maravilla de la Ingeniería automotriz italiana realmente. Rodaba literalmente camino abajo. Y nosotros, con pánico, pensando en la sombra que se cernía sobre nosotros, con respecto a Maldita Maldición de la Caja de Cambio, sin perjuicio de nuevos males que podían encontrarnos en la Ruta Nacional a Alijilán. Encomendados al Misericordioso Dios del Cactus, continuó nuestra escarpada caída cuesta abajo. Cada tanto una portera, protectora del paso del ganado, nos hacía bajar del auto. Nuestro paso era a veces detenido por una lenta vaca, breve compañera de camino, o algún buey que ni con bocina quería moverse. Iban pasando las horas y el tenso viaje no parecía terminar. Ya el chapón que protege al motor por debajo del auto, colgaba apenas sujeto, emitiendo una sonora señal permanente y tenaz de que estábamos haciendo bolsa el auto. ¿Qué más se romperá o estará en vías de romperse? No queríamos ni siquiera pensar.
De tanto en tanto, Gustavo paraba para inspeccionar las barrancas y hallar, por lo menos, un ejemplar de cactus, absolutamente descatalogado.
Caía el sol. No estábamos llegando a ningún lado. Cruzábamos caminos asfaltados, con aspecto de más importantes del que transitábamos. A esas alturas, nuestra relación estaba sufriendo un desgaste normal, dada la presión a la que estábamos sometidos. Era fácil empezar a oír recriminaciones como:
- Esto es tu culpa, te dije que agarraras por otro lado. (hablando de los cientos de posibles caminejos y pasadizos que ignorábamos en el trayecto)
- Callate. Vos me dijiste que era por acá, ahora no te hagas la viva. (La viva era yo. Re viva.)
- Sí, pero si no era por buscar las malditas plantas, dábamos marcha atrás y listo.
Verdaderamente un clima tensísimo.
Ya era tarde en la tarde. Y el que vive entre montañas sabe que cuando hay una montaña entre uno y el sol que va cayendo, atardece más rápido y a velocidades realmente asombrosas. Sobre todo en una situación como la nuestra, en la que la animosidad y la desesperación iban en aumento. Pero, nuevamente, el Excelso Dios Bienaventurado de los Cactus, después de transitar por una concatenación de huellas de tractor, callejones, recovecos geodésicos y pasadizos que ningún cartógrafo en sus cabales, se hubiese dignado en agregar a un mapa y menos con el nombre de RUTA NACIONAL, llegamos a Alijilán. Creo que fueron más de 20 kilómetros de saltadora agonía, que finalizaban.
El acceso a un pueblo, por lo general, un visitante lo hace a través de una ruta, en la que entra de una vía principal como es una ruta, hacia una avenida o bulevar y así hasta llegar a una calle. Nosotros no. Entramos como desde la parte de atrás del pueblo. Es digno de destacar también, la cara de asombro de los lugareños cuando nos advirtieron, y sobre todo en el estado en el que salíamos de ese pasillo infernal. Pero nada iba a empañar la infinita alegría de estar en terreno firme, en la civilización nuevamente. Sin polvo. Sin vacas. Sin epilepsia de amortiguadores.

Habíamos sobrevivido a Alijilán. Ya de nochecita, con la frente en alto y el chapón suelto pusimos rumbo derechito a Tucumán. Sin escalas.

Behind The Web

Todas las fotos presentadas en este blog son de mi autoría, y en caso de no serlo figura a quien corresponde la misma, contando por supuesto con su autorización.

La mayoría de las fotos son de plantas cultivadas por mi desde semillas o pequeños gajos, y las fotos de plantas en sus respectivos hábitats son fotos tomadas en innumerables viajes por todo el Uruguay y zonas limítrofes de Argentina y Brasil.

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